El día de la mentira

María Esther Pozo

Nunca se pensó que se podía establecer el “día de la mentira”. Sin embargo, nada es casual, los juicios y razonamientos en torno a la mentira y la política no son nuevos, pero cobran notoriedad en los últimos años, cuando de una u otra manera es notoria la institucionalización de la mentira en la política de manera vergonzosa y sistemática. Sin duda, el tratamiento de la mentira nace en la reflexión filosófica siglos atrás. Muchos de los acercamientos fueron desde la consideración de su utilidad. En política es un arma que se ha utilizado hasta límites impensables en los regímenes totalitarios ambiciosos de poder. Se miente por placer, por necesidad, para defenderse, se miente a sí mismo y a los otros.

La importancia de la mentira radica en que el hombre se define por la palabra, sobre la cual se cimienta la posibilidad de la mentira. Las declaraciones de Gabriela Zapata fueron anunciadas para conocer la verdad, como preludio del “día de la mentira”, cuyo objetivo pareciera que es desconocido para el propio Gobierno quien auspició este evento, y mucho más para quienes creyeron que era una estrategia política para fortalecerse frente a una situación de debilidad. En este marco, ¿quién tiene la palabra? ¿El Estado o la sociedad civil? ¿Dónde está la palabra? ¿En espacio público o privado? ¿De quién es la palabra? ¿De los hombres o de las mujeres? Y… ¿Quién miente? ¿Gabriela Zapata o el primer mandatario?  Cuestionamientos de la política actual. La mentira también se denomina  “demagogia” que identifica la ambición de poder y que pretende engañar a un adversario inferior y débil, tratando de afirmarse sobre él.

Sin duda la mentira en la política delinque contra algunas de las condiciones y los fundamentos de posibilidad de la política misma, a pesar de posiciones que justifican el “arte de mentir” como Jonathan Swift, escritor irlandés que define la mentira política como “el arte de  hacer creer al pueblo falsedades que persiguen un “buen” fin, pues está persuadido para convencer al pueblo de aquello que llaman verdad”. Swift dice que ese arte necesita tesón y trabajo además clasifica las mentiras políticas. Por ejemplo la mentira de prueba, aquella que pretende ver si es aceptada, sin embargo todas deben tener ciertas características entre ellas, deben tener un tamaño razonable y proporcionado, “que no se las hagan tragar al pueblo de un solo golpe”. Creérselas firmemente entre otras.

La declaración del “día de la mentira” en el país y la mentira a tratarse, no se enmarca en las reflexiones comunes. Tampoco los objetivos con los que se programó este hecho,  por más que se busque la idea central para inventar la mentira política, o saber cuál es la verdad de la mentira política, ya que ésta va directamente contra los hechos, contra lo que se sabe y lo que fue y es compartido por la población. Sin olvidar por supuesto que la voluntad del pueblo no siempre se identifica de manera inequívoca. Tampoco existe la competencia eterna para representar al pueblo supuestamente real y con representantes que aseguran serlo.

En estas circunstancias sostener el “día de la mentira” o de la ficción en democracia para garantizar la legitimidad del primer mandatario o de la oposición,  implica explicar la relevancia de la opinión pública en determinados temas en la fundación de legitimidad del orden político, ya que la mentira desacredita no desde la posición moral, sino exclusivamente, desde la posición consecuente con la política.

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