Energía: ingresos y costos medioambientales. ¿Qué es lo que realmente importa?

A lo largo de los últimos siglos, a partir de la revolución industrial, han sido los combustibles fósiles la fuente primordial de energía, tanto por su abundancia y su alta carga energética, como por su fácil extracción y transporte; jugando un papel determinante en la expansión económica. Se ha evidenciado, entonces, una muy alta dependencia de la economía mundial de esta fuente de energía y, a medida que la población crece, mayor cantidad de energía es demandada para mantener (o alcanzar) el modo de vida determinado por los países ricos, adoptado como el “correcto camino a seguir”.

Sin embargo, la humanidad se encuentra ante una doble amenaza: por un lado, desde el punto de vista de existencia de los recursos, y siendo los combustibles fósiles de naturaleza finitos, nos encontramos con cada vez mayor dificultad en su extracción y cada vez menor calidad del recurso. Por otro lado, se ha puesto en relieve, la estrecha relación entre crecimiento económico y deterioro ecológico a escala mundial, producido en buena parte por la quema de estos combustibles fósiles que han generado un gran volumen de residuos gaseosos de efecto invernadero, desembocando en el cambio climático cuyo efecto es innegable.

Bajo este contexto, es evidente la urgencia y la responsabilidad que los países tienen en procurar una transición hacia la sostenibilidad basada en la transición energética hacia un sistema apoyado en energías renovables y limpias.

Bolivia no se encuentra ajena a este proceso y, para nuestro país, también con el agravante que radica en que somos altamente dependientes de los ingresos económicos provenientes de la venta de hidrocarburos. Además que según el Balance Energético Nacional (BEN) del año 2014, la producción primaria de energía de Bolivia corresponde en un 94,6% a hidrocarburos, el consumo final de energía por fuentes corresponde en más del 70% al diésel, las gasolinas y el gas natural, consumidos por los sectores de transporte e industria, principalmente.

Lo interesante es que nuestro país tiene un importante potencial para producir energías renovables y que el gobierno nacional tiene intenciones de cambiar la matriz energética, aunque no sin contradicciones. Se han planteado proyectos de energía renovable; algunos de ellos cuestionados por sus altos impactos medioambientales y sociales, como, por ejemplo, las mega presas de Rositas, el Chepete y el Bala, para la producción de energía hidroeléctrica.

No obstante, pese a su discurso de protección a la Madre Tierra, de procurar un cambio en la matriz energética, a energía renovable y la urgencia climática de realizar una transición energética, el Gobierno sigue buscando la producción de hidrocarburos como fuente de energía principal. Tanto es así que ha aprobado el estudio de factibilidad con respecto al uso de la tecnología de fragmentación hidráulica (fracking) que es ampliamente conocida por el elevado impacto ambiental que tiene para la extracción de petróleo y gas; además de firmar, recientemente, un convenio con la empresa rusa Gazprom para la exploración del campo Vitiacua.

Para poder hacer efectiva una verdadera transición energética es inevitable cambiar muchos aspectos de la estructura económica del país, la legislación y la misma forma de vida de los habitantes, entre otros. Es plenamente entendible la complejidad que significa una transición de esta magnitud y es entendible también la dependencia económica que tenemos de los ingresos por la venta de hidrocarburos al exterior. Está claro que el Gobierno seguirá buscando los ingresos provenientes de dichos hidrocarburos y continuará en el afán de convertir a Bolivia en el centro energético de Suramérica; la cuestión relevante a considerar es si realmente se justificarán los ingresos obtenidos, a pesar de los graves impactos ambientales y sociales que se generarían.

¿Vale realmente la pena? ¿Qué es lo que realmente importa?

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